Capítulo 2
-5-
Bomberos
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Bomberos
-¡Vale chicos, en marcha!
En pocos minutos llegaron a la autovía, y se encontraron con el caos.
Decenas, no, cientos de coches se arremolinaban formando un enorme puzle. Apenas había gente en la calzada, y parecía que en los coches tampoco, no sonaban cláxones ni se veía movimiento en los interiores.
-¿Conoces algún camino paralelo a la autovía? -se dirigió al que conducía, que asintió con la cabeza.
Retrocedieron unos metros y se metieron en un camino de arena y piedras. En pocos minutos, naranjos a ambos lados. Las naves del polígono daban la espalda al camión rojo que corría a la mayor velocidad posible dejando una estela densa tras de sí, junto con el silencio. Un coche se les presentó a pocos metros y tuvo que apartarse un poco. El conductor gritó algo al pasar.
Unos minutos después, tras algunas curvas y más naranjos, vieron un hombre correr hacia ellos levantando los brazos. Redujeron la marcha pero tuvieron que detener completamente el camión cuando el hombre casi se sube a la cabina del conductor.
-¿Qué le pasa? -el hombre estaba claramente alterado. En su cara había cansancio y miedo.
-Vienen... detrás... -jadeaba tanto que costaba entenderle.
-Cálmese hombre, tranquilo - el hombretón de color y pelo corto le puso la mano en el hombro.
Oyeron entonces unas voces, más bien unos gritos. El conductor asomó el cuerpo por la puerta, y ayudado por la altura de la cabina, atinó a ver al final del camino tres hombres que corrían también hacia ellos.
-Mira Sebas, vienen más por allí. ¿Qué está pasando?
El hombre, todavía jadeando, alzó el brazo para coger a Sebas, que atendía a su compañero:
-¡No! Tenemos... que irnos -acertó a decir.
-Pero hombre, ¿qué está pasando por allí?
-¡Muerden!
La palabra salió de la boca del hombre y creó el silencio en el camino. Ni el rugir del motor sonaba entonces. -¿Cómo?- Sebas no podía ubicar el verbo morder en aquella situación. Los tres bomberos se miraron unos segundos, y después miraron al camino, donde ya se veía a los que corrían.
El hombrecillo se escabulló para subirse al camión, a lo que uno de los bomberos correspondió con un grito:
-Déjalo. Estará asustado. Voy a ver qué pasa. -Sebas se encaminó hacia los otros tres.
A medida que se acercaba más y más a ellos, Sebas no distinguía en su cara expresión de miedo, o de tensión. Más bien parecía enfado, ira, como si un yonki hubiera robado el bolso a su novia y alguien tuviera que cumplir con ella persiguiéndoles. Uno de ellos resbaló y se dio un buen trastazo, a lo que Sebas reaccionó llevándose las manos a la cabeza. Lejos de lastimarse o dejar reposar sus músculos doloridos, aquel hombre se levantó y corrió con fuerzas renovadas hacia el bombero, que empezó a dar pasos torpes hacia atrás, hacia la seguridad de los más de veinte mil kilos de metal pesado.
-¡Joder! ¡No me gustan nada esos tíos!
Una vez en el camión y las puertas bien cerradas, apagaron el motor, y se dedicaron a contar los segundos que faltaban para que sus visitantes les alcanzaran. Uno de ellos se subió directamente a la parte delantera, y los otros dos intentaron subirse a la parte izquierda, donde el conductor y Sebas observaba a través de las ventanas de cristal reforzado.
-¡Joder! ¿Qué les pasa a éstos? -los bomberos no comprendían la situación.
-¡No lo sé! ¡No lo sé! Estábamos en el atasco. De repente, empezaron a llegar muchas personas corriendo, unos huían, pero otros... -los bomberos atendieron al hombre, mientras arañaban los cristales- los otros iban persiguiéndoles. Pude ver como mordían a una mujer justo en el coche de delante mío, así que salí de allí por piernas, sin dudarlo ni un minuto. Trabajo en el polígono y conozco estos caminos, a veces los uso cuando hay mucho atasco, y pensé que no estaría atestado como la carretera. Pero esos tres me vieron, y empezaron a perseguirnos.
-¿Perseguiros?-preguntó el conductor, mientras Sebas miraba cuidadosamente al tío que tenía en la ventana.
-Sí. Cuando huimos de la carretera habían dos más conmigo.
-¿Dónde están ahora? -hicieron la pregunta sin estar seguros de querer conocer la respuesta.
-Pues... -la pausa se hizo eterna- uno es ése de ahí -señaló al capó del camión- y el otro tardará un poco más en llegar. Le arrancaron un buen trozo del muslo.
La expresión en la cara de los bomberos debió ser tan asombrosa que el hombrecillo sintió miedo por un instante. Luego cada uno decidió mirar hacia un lado.
-Arranca y vámonos...
Cada uno ocupó su lugar. Arrancaron el motor y continuaron por el camino. Dos de los hombres cayeron del camión, y el tercero recibió un buen golpe a través de una rendija en la ventana, a manos de Sebas y un hacha.
Ninguno dijo nada durante el trayecto.
-Sebas -el conductor rompió el silencio al cabo de casi media hora- no podemos continuar en el camión. Habrá que ir a pié.
-¿No? ¿Porqué?
Cuando su vista se fijó en la carretera se percató de que no había ni un centímetro de asfalto libre de zapatilla, zapato o sandalia. El firme estaba atestado de personas. Algunos corrían de un lado al otro, otros permanecían hipnotizados con la mirada hacia el cielo. Algunos chillaban dentro de los coches. Oyeron disparos.
En la distancia no podían definir de donde procedían, pero habían recibido un aviso y tenían que acudir al lugar, que estaba, casualmente, en dirección a los disparos.
-¿Usted va a venir? -miraron al hombre, que se quitaba el sudor de la frente con su manga sucia.
Negó con la cabeza y fue como el disparo que da inicio a una carrera. Los tres bomberos cogieron su equipo en pocos segundos y se encaminaron hacia las naves industriales, atravesando unos cuantos naranjos.
-Fijaos. Es como si hubiera un gran concierto de U2 y estuvieran haciendo cola para entrar. ¿Qué estará pasando? -dijo el del pelo largo, sin obtener respuesta.
Avanzaron entre dos naves con cuidado de no toparse con nadie. Comprobaron el plano del polígono y localizaron su destino casi medio kilómetro al este. Corrieron todo lo que les permitía sus pesados equipos y cuando casi habían alcanzado su meta oyeron gritos, y golpes. Demasiado cerca, demasiado fuerte para arriesgarse a acercarse.
El del pelo largo señaló los contenedores. Sebas los miró y trazó una ruta mental hacia el techo de la nave que tenían delante. Era factible. Prácticamente su única opción. Subieron en tiempo record, y avanzaron hasta el callejón que separaba la nave que tenían a los pies con su destino. Al asomarse a la cornisa, lo que vieron no pareció gustarles demasiado.
Varias personas aporreaban la puerta con todas sus fuerzas. Sebas estaba casi seguro de ver a uno de ellos golpearla con el brazo partido y ensangrentado. No hablaron. Miraron la escena durante unos segundos, con una sensación mezcla de miedo y curiosidad.
La distancia entre las dos naves no era excesiva, y estaba claro que los que estuvieran dentro necesitaban su ayuda más que antes. Lanzaron el material a la otra nave. Los de abajo no parecieron enterarse. Saltó Sebas. Saltó el conductor. Saltó el del pelo largo. Y resbaló.
Sebas sujetó fuertemente su mano. Los de abajo se dieron cuenta de que sobre sus cabezas colgaba un bombero de treinta y pocos años, bien formado y de buena salud. Rápidamente su atención dejó de ser para la puerta y se centró únicamente en alcanzar al bombero en apuros, a base de pequeños saltos y levantando las manos, de nuevo como en un concierto.
-¡Venga tío! ¡Agárrate!
Haciendo acopio de todas sus fuerzas -¡benditas horas de gimnasio!- consiguieron ponerse a salvo los tres, pero ahora esa gente de ahí abajo dividía sus fuerzas a partes iguales en intentar tirar la puerta y alcanzarles a ellos. Y mas pronto que tarde, conseguirían trepar por los contenedores y cajas apiladas.
-Venga, tenemos que entrar. No és la primera vez que entramos a un sitio así ¿no?
Sebas buscó la complicidad de sus compañeros, pero su mirada curiosa decía la verdad. Nunca habían entrado a un sitio en esas circunstancias.
Estuvieron buscando la forma de entrar. Saltar al callejón, en plan Rambo y abrirse paso a hachazos, usar la cuerda para descender rápidamente, ir por la puerta principal... Hasta que vieron aparecer por la cornisa los brazos, y después la cabeza, de una mujer.